Muchas gracias, Ferran Adrià

Viernes no perdí el vuelo gracias a Ferran Adriá que tendió, sin querer, un hilo de Ariadna para compensar todas las deficiencias de la T4, que son unas cuantas.

Al entrar en la terminal con Ricardo, una hora antes de la salida del vuelo, enseguida vimos los monitores. Mi vuelo IB2738 hacia BCN tenía el mostrador «puente aéreo» y el suyo, hasta PMI, el «auto checkin». Vimos un cartel con una flecha hacia el puente aéreo y nos separamos.

Pensé que sería fácil y que todo eso que dicen sobre perderse en la T4, son historias de gente despistada: había muchos carteles indicando el puente aéreo. Cuando llegué al control de seguridad estaba decorado con los colores y logotipo del puente aéreo. Pero no pude pasarlo. Al mostrar la tarjeta de embarque en el móvil dijeron que no podían leerla y que debía dirigirme al «control de seguridad grande», señalando marcha atrás. Aunque el tono de la empleada era «sí hombre, está clarísimo, es ‘grande’, lo tienes que haber visto viniendo hasta aquí», para mi no estaba nada claro porque no me había fijado en casi nada excepto los carteles «puente aéreo»; el vuelo salía en menos de una hora y ese puente aéreo parecía estar cada vez más lejos. Al fondo a la izquierda, concretamente.

Mientras retrocedía buscando el control de seguridad ‘grande’ volví a mirar la tarjeta de embarque en el móvil. En ella pude leer mi nombre, primer apellido, BCN, 18:50, IB2738, 30NOV, N, 20A, 001. He visto tarjetas de embarque en papel (en serio, no miento) y dicen eso mismo. También tienen un código de puntos como el que ocupaba casi toda la tarjeta de embarque del móvil.  De hecho, la proporción entre el tamaño del código y del texto es la única diferencia práctica, porque contienen la misma información importante. Pero la empleada o subcontratada por AENA dijo que no podía leerla.  Con la frase anterior no pretendía hacer ningún chiste barato: ella aclaró que no podía leerla porque en este control de seguridad no tienen lector.  Pero es una limitación impuesta, porque en realidad podía hacer lo mismo que con la tarjeta de papel de la persona que me precedía: leerla con sus ojos y comprobar que me voy a BCN. ¿Qué hace tan diferentes a los que optamos por la tarjeta de embarque en el móvil? No lo hacemos por molestar; sólo pretendíamos ahorrar unos mililitros de tinta carísima porque la fabrican con la sangre de unicornios viudos y sin compromiso. Bueno, quizás sucede que al pasar el móvil por el lector –no humano– se pone en marcha un proceso informático imprescindible para que podamos subir a ese avión. Pero algo me dice que en el control de seguridad no hay para tanto, y que allí les basta saber que volarás para dejarte pasar. Si la informática fuese tan importante alguien teclearía algo en algún terminal cada vez que dejan pasar clientes con tarjeta en papel. Que no, para nada es importante y podrían ser más flexibles en los controles que no tienen lectores de móviles.  Pero es sabido que, en el mundo empresarial, es habitual complicar la vida a los clientes cuando ellos tienen un problema. Por estúpido que sea. Y en AENA más porque no puedes pasarte a la competencia. Hala, a caminar hasta el control de seguridad grande que vete a saber dónde está.

Ya eran las 18:15 y el vuelo despegaba a las 18:50.

Lo encontré y vi un pasillo especial para los pasajeros con la tarjeta en el móvil. Pasó la lectura y entré. ¿Y ahora qué Busqué monitores para averiguar la puerta, pero no vi ninguno. Me dirigí al puesto de información, y allí me volví invisible. A veces me sucede. Dije «una pregunta» pero los dos empleados seguían hablando animadamente entre sí. «¿Disculpe?».  Nada, no me veían. Me apoyé sobre el mostrador y milagro, con ese movimiento perdí la invisibilidad. Me dijeron que el puente aéreo estaba abajo, señalando unas escaleras mecánicas justo detrás suyo. Fueron cuatro tramos, quizás cinco, hasta llegar abajo. Estaba en la estación del tren subterráneo que lleva hasta la T4S. Ningún cartel que dijese «puente aéreo». Mientras esperaba (casi 5 minutos) calculaba el tiempo disponible en vista de los minutos de llegada hasta las diferentes puertas de la T4S –eso sí estaba indicado. Llegó el tren, subí, pero salí justo antes que las puertas se cerraran porque no lo tenía nada claro. Pensé que antes de meterme en ese viaje, que me dejaría sin tiempo para rectificar ningún error, debía retroceder hasta encontrar alguna indicación sobre el puente aéreo. Cuando llegué arriba, esta vez por el ascensor, vi la manera de llegar a la parte posterior del control de seguridad del puente aéreo –el mismo que no pude pasar con el móvil. Pregunté a una pareja de la Guardia Civil, que también conversaba animadamente. Uno de ellos me señaló hacia abajo por unas escaleras mecánicas diferentes a las anteriores. Esas terminaban en una planta intermedia repleta de tiendas. Les dije que gracias, y añadí que me perdí al no poder pasar con el móvil. No sé, por si les interesaba saber que puede suceder eso, tomar nota, y decirle algo a alguien. A la Guardia Civil se le suele escuchar. Pero el otro Guardia me dijo «haga lo que le dijo mi compañero». Vale. Ya me callo. Siguieron conversando animadamente.

Ferran Adrià (Foto: Wikipedia)

Ferran Adrià (Foto: Wikipedia)

Mientras tanto, vi a Ferran Adrià pasando el control de seguridad del puente aéreo que sólo funciona con papel (el control).

Al dejar las escaleras busqué algún monitor para averiguar la puerta y no encontré ninguno. En el móvil había refrescado varias veces la aplicación FlightTrack, que siempre indica la puerta de embarque, a veces incluso antes que esté anunciada en los monitores. Esta vez no, era la primera en un año de muchos vuelos.

Pensé que, a falta de monitores, no debía perder de vista a Ferran Adrià. Quizás también iba a Barcelona, porque pasó el control del puente aéreo que sólo funciona con papel (el control).  Parecía muy seguro de hacia dónde se dirigía.  Quizás porque en su tarjeta de embarque en papel sí estaba impresa la puerta. Mientras le seguía –a una distancia prudencial, hay que ser discreto– yo buscaba monitores; más que nada para tener un plan B. ¿Y si el chef tenía otro vuelo, pero había llegado con tiempo, y entraba en una sala VIP? O a comprar, tomar café. Aquello estaba infestado de comercios, pero no de monitores. Quizás no dejan espacio. Puede que sea eso.

La caminata fue larga y sólo quedaban 10 minutos para el cierre del vuelo. Había llegado a un punto de no retorno: si me había equivocado quizás tendría que desandar demasiado. Y sin plan B todavía. Refresqué otra vez el FlightTrack. Nada. Seguí buscando monitores. Tampoco. Surgían más dudas ¿Y si Adrià volaba a otro lugar diferente a Barcelona pero había usado el control de seguridad del puente aéreo por lo que fuese? Quizás porque sí. O porque domina la T4 –él debe viajar un montón– y le gusta más el ambiente de esa zona al fondo a la izquierda. Cuando yo viese que se detenía en la puerta de un vuelo a Sevilla –por ejemplo– tendría un grave problema. Necesitaba un monitor ya, un puesto de información; algo que sepa lo suficiente sobre el puente aéreo de marras.

Cuando ya estaba a punto de preguntar a un empleado de limpieza con un carrito, vi a Ferran Adrià pararse en una puerta.

Ay.

Levanté la vista hacia el monitor que la preside…

¡SÍ!

Anunciaba mi vuelo.

Los pasajeros todavía no entraban y la cola era larga. Me fui al final, y justo allí, a sólo dos metros, vi monitores. Pero ya no los necesitaba porque Ferran Adrià había solucionado, sólo con su presencia, incluso sin enterarse, los numerosos inconvenientes de la T4.

Ahora sé porqué le consideran un genio. No le di las gracias, cuando volví a verle sentado, en clase Business, porque la historia era demasiado larga, y no era plan: estaba ocupado con el móvil y jamás hay que molestar a un genio cuando trabaja.


PS: Hoy leí un tuit que me hizo pensar que quizás Ferran Adrià estaba en Madrid para presentar una app para móviles.
Foto: Wikipedia.

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1 Comentario

  1. Una historia fantástica, me ha encantado y he reido al leerla por sus buenos y logrados símiles “sangre de unicornio viudo…” , creo que a todos nos ha pasado algún caso parecido menos mal que Ferrán no volava a Japón esta vez.
    Algunas veces nos sentimos perdidos y desde luego AENA o quien se encargue de las indicaciones no nos lo pone nada fácil y desde luego quienes trabajan allí tampoco están por la labor de ayudarte, el resultado puede ser fatal y sortear todos los obstáculos por falta de conocimiento es una carrera con resultado incierto que solo conoce quien lo ha sufrido, que fácil es para quien trabaja allí o quien lo utiliza a diario es obvio, clarisimo, pero de ningun modo cierto.
    Un saludo.

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